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Mes: Agosto 2016

EL DOLOR DEL ALMUERZO

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Constantemente me pregunto qué es eso que conecta a las personas. Qué es eso que hace querer invertir tiempo o volver a hablar con ese alguien. En qué momento pasa de ser una simple charla de trabajo u obligación, a compartir momentos inolvidables. Lo malo es que lo hago mientras tengo en los audífonos a todo volúmen “Stressed Out” de los Twenty One Pilots. Esperanzador himno millenial por excelencia. No me juzgue, también me gusta y es la única que medio siseo a modo de merengue. Lo sé, es raro, pero más raro es pensar en eso con esta canción. Igual qué más me piden, fui criado en los 90’s con una hermana fanática del endiablado ritmo de los Hermanos Rosario. En fin.

La oficina y la universidad. Son escenarios muy interesantes, en donde la vida social se ve a flor de piel y de la manera más cruda. En versión beta. Donde más de uno está crudo si cree que el momento propicio para levantar, y poder concretar ese arrocito en bajo para salir a rumbear el viernes, sea la hora del almuerzo.

Desde tiempos inmemorables la humanidad ha creado relaciones alrededor de un trago y una buena comida. En la actualidad lo hacemos alrededor de un buen jugo de guayaba envasado en un recipiente que alguna vez tuvo gaseosa y una buena comida empacada en una mal llamada “coca”. Desde luego que esto hace honor a “una buena comida” porque no nos digamos mentiras, no hay nada como lo hecho en casa. Es en esta hora donde se ve una maravillosa segmentación, que ni el marketing puede crear. Una mesa de mainstreams, otra de unos más reservados y serios. Un más a la que llamo “los monotemáticos del balón”. Y otra dedicada al levante, allí hay que tener el don de comer y hablar a la vez sin perder el estilo. Ojo, es todo un arte.  

Una y otra vez me pregunto qué es lo que une a las personas. Sé que no solo son los gustos musicales compartidos, o la manera en que vestimos. Tampoco puede ser el físico o lo fitness que pueda ser. Soy ese testimonio andante ni de lo uno ni de lo otro, y aún así tengo el privilegio de compartir la vida con la mujer más maravillosa que conocí. Tal vez haya sido la herencia merenguística que llevo en la sangre. Cierro la pauta amorosa.

Viendo esos escenarios y la segmentación tan salvaje que hay, a la única conclusión que puedo llegar es al tan afamado y desvalorado “clic”. Y es que no hace falta pasar más de un día, tal vez más de una hora para saber si uno ha hecho clic o no con la otra persona. Llamémoslo sentimental o confraternal. Tal vez sea por lo espontáneo que pueda llegar a ser o por el contrario, por lo reservado. En este ramillete de opciones revelado a través de las horas diarias de almuerzo, hay de donde escoger, criticar, volver a pasar y revisar cuantas veces sea necesario.

Al haber tantas y tantas opciones de todos los colores y sabores, por qué escudarnos en el miedo a lo desconocido. Por qué perder la oportunidad de vivir, conocer personas valiosas y a la vez, personas que puedan causar dolor. La vida es una sola y hay que vivirla, no hablo de excesos, hablo de ver lo extraordinario de los demás por encima de sus errores.

El dolor siempre va a estar en la vida de cada uno, y para bien o para mal hay que saber qué hacer con él. Siempre se nos ha dicho que el dolor es malo, pero pienso que no es así. El dolor síntoma de estar sano, es una alarma que se activa y sí o sí hay que buscar una solución. El dolor muchas veces nos impulsa hacia adelante y ver la salida. El dolor hace que nos conectemos mucho más fácil con los demás, es como un atajo social porque podemos entender por lo que pasa la otra persona. El dolor siempre va a existir, pero una vez más, nosotros decidimos qué hacer con él. Tal vez se esté perdiendo de relaciones valiosas por seguir huyendo de él. Sin importar lo que pase, sea usted mismo(a) siempre.

Como sabrá, hay más escenarios de los que le he nombrado. Tal vez sea hasta en su propia casa y aún no lo sabe. Mi querida o querido lector, lo invito a que forjemos relaciones sólidas en una era donde la gente es tratada como un producto más, que si no me satisface paso de ella con en Tinder y voy por la siguiente. ¿Usted qué piensa acerca de esto? Estoy seguro que tiene algo por decir y aprecio su opinión. Por favor hágamelo saber a través del formulario de contacto mientras almuerzo de mi coca y siseo un éxito noventero.

Un comentario

CLARO QUE SÉ PERDER

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Me siento a ver los juegos olímpicos, está una colombiana en levantamiento de pesas y toda la oficina está a tope de emoción mientras la señora de los tintos toma una pausa para ver la hazaña que está a punto de repetir una compatriota. No pierdo tiempo, salgo de mi silla en un salto triple y aprovecho para tomar un café que ella lleva en la bandeja. Fijo mis ojos en la pantalla y ahí está ella, lista para bañar la nación con una preciada medalla del color que sea, mientras sacude de sus manos la tiza blanca que acaba de tomar. Se alista. Respira profundo y toma la barra de metal fría. Aprieta con entusiasmo sus manos, se escucha un silencio estremecedor, levanta con ímpetu el peso de sus sueños y los de su familia. Levanta los días de entrenamiento, levanta los días de sacrificio sobre su pecho…pero falla. Se escucha la desaprobación de toda la oficina, se llenan las redes de mensajes de indignación, al fondo se escucha un “es la misma vaina de siempre, nos ilusionan y vea lo que pasa” y a otros un “bueno, será la próxima vez”.

Uno de los recuerdos que tengo del deporte colombiano, casualmente, no es el 5-0 a Argentina, no son las escaladas de Lucho Herrera o la Copa América que ganamos con dudoso mérito, es una frase célebre y que es top of mind de toda una generación: “Perder es ganar un poco”.

Claro que sé perder. Puede ser la frase menos inspiradora que alguien pueda leer. He perdido en muchas ocasiones. He perdido amistades, he perdido grandes oportunidades y las he perdido con todos los méritos. Me podrán llamar el Franco de Vita de los blogs, pero en la vida hay que saber perder. No me malinterprete, no se trata de perder siempre y seguir fomentando la cultura de la mediocridad, apalancados en un sinfín de excusas que no voy a tocar.

Hay que saber perder para poder ganar. Hay que perder muchas veces, hay que intentarlo y volverlo a intentar. Hay que sacudirse la derrota y ponerse en pié una y otra vez. Habrá que entender que perder implica un proceso hasta ganar. Que tardará tal vez un par de años, o tal vez décadas, pero que al final llegará. Tal vez no se vea y para eso habrá que ponerle un poquito de fe. ¡Ah! porque eso sí, creyentes o no, la fe es la convicción de que sucederá algo que no se ve aún, y para ganar algo todo el mundo debe desarrollarla independientemente de su credo.  

Perder es ganar un poco. Tal vez haya cierta sabiduría en esas palabras, y no quiero sonar pretencioso ni que mi opinión sea la verdad absoluta, pero yo le añadiría algo como “Perder es ganar un poco, pero hay que saber perder”.

En un momento como este donde a los millenials, como nos han etiquetado, se nos ha trazado unos parámetros de comportamiento y hasta medido qué tan exitosos somos mediante tablas de progreso financiero o influencia, cuántas relaciones amorosas hemos tenido o la manera en que hay que vestirse, vale la pena salirse de la maratón de las ratas y recordar que es mejor disfrutar del proceso para llegar a la cima sin competir contra nadie más que uno mismo. Y mientras otros son espectadores que tendrán siempre una opinión para todo lo que usted y yo hagamos, seguiremos corriendo en este proceso y levantando sobre nuestras cabezas los sueños que traemos desde niños o los que con el tiempo han mutado para ser mucho más grandes. Así sea que por ahora quedemos en segundo lugar. Porque cada derrota hace que busquemos una nueva alternativa para intentarlo otra vez hasta lograrlo y conquistar nuestra vida. Como bien dice Steve Green “…aquel que la buena obra empezó, será fiel en completarla..”.

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